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Domingo I de Cuaresma -C-

Domingo J. Montero Carrión, OFMCap

“Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”. Jesús le contestó: Está mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”. Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

Domingo I de Cuaresma -C-

1ª Lectura: 1ª Lectura: Dt 26,4-10

Dijo Moisés al pueblo: El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y las pondrá ante el altar del Señor tu Dios. Entonces tú dirás al Señor tu Dios: “Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor,  me has dado”. Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor tu Dios.
 
El texto del Deuteronomio recoge una fórmula de profesión de fe de Israel que perpetúa el recuerdo de su elección por Dios, de la liberación de la esclavitud de Egipto y del don de la Tierra Prometida. Una fe en clave de memoria histórica y agradecida. Y es que estos son dos componentes fundamentales de la fe: la experiencia de Dios y la gratitud por su amor. El credo no puede reducirse a un enunciado de verdades teóricas, sino que debe ser la expresión de la adhesión a un Dios experimentado en la vida como Padre y Salvador.
 
2ª Lectura: Rom 10,8-13

Hermanos: La Escritura dice: La palabra de Dios está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón. Se refiere al mensaje de la fe que os anunciamos. Porque si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios a la salvación. Dice la Escritura: Nadie que cree en él quedará defraudado. Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
 
San Pablo subraya la importancia de la coherencia en la vida del cristiano. Hay que sincronizar la fe del corazón con la fe de los labios. La fe profesada ha de encarnarse y testimoniarse en la vida. De lo contrario podría darse la peligrosa disociación que ya recriminó Jesús: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8). Pues la fe sin obras, es una fe muerta (Sant 2,17). Una fe centrada en Jesucristo es una fe que no defrauda. Por otra parte, el Apóstol remarca que la palabra de Dios es una palabra íntima y de intimidad; su espacio original es el corazón, sede de la verdad del hombre y donde se acogen los designios de Dios (Lc 2,19).
 
Evangelio: Lc 4,1-13                    
 
En aquel tiempo, Jesús lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces, el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le contestó: Está escrito: “No solo de pan vive el hombre”. 
 
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: Te daré el poder y la gloria de todo esto, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si te arrodillas delante de mí, todo será tuyo. Jesús le contestó: Está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto”
 
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”. Jesús le contestó: Está mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”. Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.
 
Coinciden los Evangelios sinópticos en subrayar el hecho de las “tentaciones” de Jesús al inicio de su actividad evangelizadora, tras el bautismo en el Jordán, en que tuvieron lugar en el desierto y en que allí fue conducido por  el Espíritu de Dios. Mateo y Lucas coinciden, además, en el número y calidad de las tentaciones (aunque varían su orden) y en presentar a Jesús como el modelo del nuevo Israel, superando las tentaciones a las que sucumbió el pueblo elegido. Y establecen algunos paralelismos significativos: 40 días peregrina Jesús en el desierto (40 años lo hace Israel); Jesús es guiado por el Espíritu (Israel, guiado por Dios); Jesús va al desierto tras salir de las aguas del Jordán (Israel tras atravesar las aguas del mar Rojo). Y ambos destacan un dato importante: Jesús vence la tentación desde la palabra de Dios. Pero advierten de que esa palabra puede ser tergiversada, convirtiéndola en argumento de la tentación; es lo que hace el diablo. Por otro lado, conviene notar que la tentación no fue un hecho aislado en la vida de Jesús; su existencia fue una existencia permanentemente tentada, hasta la cruz (Mc 15,30). Y el rostro del tentador fue muy variado: sus familiares, instándole a una publicidad interesada (Jn 7,3-4), los fariseos (Mc 8,11), y hasta Pedro hizo de Satanás (Mt 16,23). Las “tentaciones” son la expresión de que Jesús no vino “programado”, sino que, como todo hombre verdadero, necesitó hacer  discernimientos en su vida y de su vida y misión. Ser tentado no es pecado, pecado es caer en la tentación. La tentación no empequeñece al hombre, superada lo posibilita y fortalece. Por eso nos enseñó a pedir al Padre: “No nos dejes caer en tentación” (Lc 11,4; M 6,13).
 
Reflexión Pastoral
 
El pasado miércoles iniciábamos un nuevo tiempo litúrgico: la Cuaresma. ¡Todos estamos enterados! Unos, por haber participado ese día en la ceremonia de la imposición de la ceniza; otros, por el ruido de los carnavales. En todo caso no hay que ser excesivamente críticos con este carnaval de tres días; más preocupante es el de los restantes días del año.
 
Iniciamos la Cuaresma; y lo hemos hecho con una ceremonia que invitaba a la reflexión y a la decisión: la imposición de la ceniza, acompañada de unas palabras de  Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio”.  
 
Conversión, una palabra muy usada, pero una realidad quizá todavía por estrenar y, en todo caso, aún no concluida. Una palabra a la que ya nos hemos acostumbrado, pero que, sin embargo, es palabra de Cristo que hay que proclamar “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2), que no hay que aplazar (Eclo 5,7) y que, también, hay que rescatar de un uso rutinario y ritualista. Un tiempo que hemos de vivir a la luz de la palabra de Dios, una palabra íntima y de intimidad.
Las lecturas bíblicas de este domingo nos hablan de la fe en un Dios cercano al hombre, un Dios “convertido” en acompañante permanente de su historia, presente en todos sus avatares. Una fe que es confesión agradecida de la experiencia de Dios en la propia historia (1ª lectura), porque el Credo no puede reducirse a un enunciado teórico. En toda profesión de fe hemos de reconocernos personalmente implicados. Todo “credo” debe tener su “historia” personal.
La verdadera fe, además, debe llevarnos, como nos recuerda san Pablo (2ª lectura), a la coherencia, a sintonizar los labios y el corazón (“Este pueblo me honra solo con los labios…” Is 29,13; cf. Mc 7,6). 
 
Y, finalmente, toda fe verdadera necesita pasar por la prueba, verdadero control de calidad. También la fe de Jesús fue probada (Evangelio).  
Como el primer hombre, y como todo hombre, Jesús estuvo expuesto a la tentación. ¡Y a qué tentaciones! La del materialismo (1ª), la del poder (2ª) y la de la religión (3ª), que pretende convertir a Dios en paracaídas al servicio de la propia vanidad. Y no fueron estas las únicas: “El demonio se marchó hasta otra ocasión”.  Jesús fue tentado hasta el final de su vida, hasta la cruz (Lc 23, 37). 
 
Pero Jesús no solo venció la tentación sino que la iluminó, la desveló. Y así nos enseñó no sólo a vencer sino a cómo vencer.
Vencer la tentación no es solo no consentir, decir no, sino iluminar esa situación tentadora, desenmascarar su ambigüedad y su mentira, pues toda tentación se presenta como salvadora y portadora de felicidad. No hay que huir, sino hacer frente; huyendo se rehúye la solución. Jesús nos ha enseñado  a afrontar la tentación desde la oración -“No nos dejes caer en tentación” (Mt 6,13)-, desde los criterios de la palabra de Dios y desde la decisión responsable. 
La Cuaresma no debe ser el tiempo del NO, sino del SÍ. Tiempo para decir SÍ al Señor, SÍ a su palabra, SÍ a su amor, SÍ a su voluntad. Debe ser un tiempo constructivo, dejándonos construir, modelar y reconciliar por Dios. Es, como hemos pedido en la primera oración de la misa, el tiempo para avanzar en el conocimiento del misterio de Cristo y para vivirlo en su plenitud. Así será el tiempo favorable, el tiempo de salvación del que nos habla san Pablo. 
 
Reflexión personal
 
- ¿Cómo afronto la Cuaresma?
- ¿De qué tengo hambre?
- ¿Cuáles son mis tentaciones radicales?
 
Domingo J. Montero Carrión, OFMCap.

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