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Domingo II. Tiempo Ordinario -C-

Domingo J. Montero Carrión, OFMCap

Haced lo que él diga.
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo: llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.

Domingo II. Tiempo Ordinario -C-

1ª Lectura: Isaías 62,1-5

Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia y su salvación llamee como antorcha. Los pueblos verán tu justicia, y los reyes, tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona fúlgida en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán “abandonada”, ni a tu tierra “devastada”; a ti te llamarán “Mi favorita”, y a tu tierra “Desposada”. Porque el Señor te prefiere a ti y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.

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El amor matrimonial hizo intuir  a Oseas el amor de Dios hacia su pueblo (Os 1,2-9; 2,4-3,5). Un profeta postexílico acude ahora a ese simbolismo para anunciar al pueblo devastado y en la oscuridad del exilio un nuevo amanecer. Dios va recuperar a su esposa y la va a envolver en su amor. Dios va a gozar con ella. Imágenes audaces, cargadas de pasión y esperanza. El Dios marido abandonado (Oseas), no lleva cuentas del mal; es la encarnación personal y permanente del Amor, que “cree sin límites, espera sin límites…, que no pasa nunca” (1Cor 13,7).

2ª Lectura: 1 Corintios 12,4-11

Hermanos:
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél profetizar. A otro, distinguir los buenos y los malos espíritus. A uno, el lenguaje arcano; a otro, el don de interpretarlo. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como le parece.

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Pablo advierte a los corintios frente a la tentación de “apropiarse” individualmente los dones del Espíritu, y de utilizar esos “dones” como cuñas para fragmentar la comunidad. La comunidad cristiana es una comunidad “habitada” por el Espíritu, que actúa específicamente en la diversidad de dones y carismas: todos ordenados al bien común. Donde hay sectarismos no hay Espíritu, aunque se den signos y prodigios. La comunión y comunicación fraternas son las garantías de la presencia del Espíritu de Dios.

Evangelio: Juan 2,1-12

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo: No les queda vino.
Jesús le contestó: Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes: Haced lo que él diga.
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo: llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les mandó: Sacad ahora y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.
Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

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El relato de Caná no es un hecho aislado en la vida de Jesús. Forma parte de su trilogía epifánica, junto a la revelación a los Magos y al Bautismo en el Jordán. Caná es un lugar “significativo”. Allí realizó Jesús sus dos primeros signos (Jn 2,1-12 y 4,46-54). Y marca el comienzo de un ciclo. Es un signo, el “primero”, que alerta de un cambio de época. Se ha agotado una “añada”, la de la Ley y los Profetas; florece una nueva, la del Reino de Dios. Hay cambio de cepa. Frente a la cepa Israel, la cepa Jesús. Él no es más vino del mismo vino, es “otro” vino. Su denominación de origen es superior.

Tres elementos a destacar de gran relevancia teológico/simbólica, que apuntan al momento mesiánico que llega con Jesús: el banquete nupcial, el vino y la hora. El primero, el banquete, evoca el festín de las bodas eternas, de las bodas del Cordero (Apo 19,7-9; cf. Is 62,1-5); el segundo, el vino, es el núcleo en torno al cual gira el relato y es la gran aportación de Jesús. Ingrediente fundamental del banquete mesiánico (Is 25,6.8), Jesús supone el vino mejor y el vino último servido por Dios en el banquete de la humanidad, en “la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4). Y, finalmente, la hora, que alude a la consumación existencial de Jesús en la Cruz (Jn 17,1).


REFLEXIÓN PASTORAL

Comenzamos el llamado tiempo "ordinario" con un hecho "extraordinario". Y es que "tiempo ordinario" no tiene por qué significar una descalificación del tiempo. Ordinario viene de la palabra latina "orden", y significa "tiempo ordenado". No es tiempo "de segunda", clase sino el tiempo litúrgico del crecimiento en el seguimiento del Señor. Y es el más extenso.

Caná era una aldea próxima a Nazaret. María y Jesús, posiblemente, pertenecerían al círculo de los allegados al joven matrimonio. La boda prolongaba sus ecos festivos al menos durante una semana. Y el vino no podía faltar. Hasta aquí, todo normal. Pero aquí “empezó Jesús sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”. Y esto singulariza a Caná.

La agitación por la escasez de vino, el curioso diálogo entre Jesús y María, el milagro, hasta el toque humorístico del responsable de la organización de la boda..., dan vivacidad al relato. ¡Cuántos pintores han plasmado en sus lienzos la boda de Caná! ¡Y qué tentación para nosotros quedarnos en el encanto de la boda! Pero hay que ir más allá para descubrir la verdad que encierra este relato. Estamos en el evangelio de san Juan -el teólogo por excelencia-. En él cada episodio supera el nivel del simple relato para convertirse en símbolo sugeridor de una verdad más profunda. Estamos ante la profecía del banquete mesiánico.

¿Qué se quiere decir aquí, precisamente al inicio del evangelio? Que Jesús ha llegado a la vida real, al núcleo de la vida -la familia humana-, y con Él ha llegado el cambio. Lo viejo ha pasado; hay que dejar lo caduco, lo provisorio, lo intrascendente. Ha llegado lo nuevo, lo definitivo, lo que realmente tiene valor. El AT cede su puesto al NT. El agua, al vino. "A vino nuevo, odres nuevos" (Mc 2,22).

Para San Juan “la hora” de Jesús tiene su plenitud en la cruz (Jn 13,1ss); en Caná "todavía no ha llegado mi hora". Pertenece al Padre marcarla; pero ya comienzan a moverse las agujas del reloj divino. Y, precisamente, a instancias de su madre. ¡Cuántos dolores de cabeza ha dado a los estudiosos la respuesta de Jesús a María! No es desaire ni despreocupación.

Solamente en dos ocasiones evoca san Juan en su evangelio la figura de María: en Caná, y junto a la cruz (19,25), y en ambos relatos es presentada como "mujer" y "madre", no por su nombre de María. Y es que cuando se está gestando el nuevo hombre, el hombre redimido, María asume el papel de Nueva Eva -madre de todos: "Ahí tienes a tu hijo..." (Jn 19,26).

Podríamos adentrarnos en este simbolismo grandioso y profundo, pero nos llevaría muy lejos y muy alto. En todo caso, el relato de Caná -el inicio de la Hora- no puede leerse sin hacer referencia a la Cruz -plenitud de la Hora y consumación del banquete mesiánico-. Y en ambos momentos María es coprotagonista. La presencia de María es siempre una presencia atenta, solícita; por ello la Iglesia la proclamado mediadora e intercesora por excelencia ante Cristo.

Caná es profecía del banquete mesiánico, donde se sirven manjares sustanciosos y vinos de solera (Is 25,6), y del banquete eucarístico, donde esos majares y bebidas son personalizados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Juan no transmite el relato eucarístico del Jueves Santo, pero la eucaristía vertebra su Evangelio: la presenta en Caná, donde Jesús se convierte en sacramento de la fe para sus discípulos, que “creyeron en él”, y la explica en el cap. 6, en el discurso que sigue a la multiplicación de los panes y los peces.

Caná es urgencia a situar la vida en la órbita de Jesús: “Haced lo que él os diga”. Ahí reside el secreto para convertir la realidad, y la propia vida, en el vino que salve la fiesta, amenazada por la escasez de caldos y por su baja calidad. Hay que injertarse existencialmente en él para dar su fruto y ser vino de calidad (Jn 15,6-7), que alegre el corazón del hombre.

Caná es espacio teofánico / sacramental, donde Jesús manifestó su gloria (Jn 1,11), como en el Bautismo y en la Transfiguración. Y se reveló como el novio (Jn 3,29; Mt 9,15) de las bodas definitivas (Apo 19,7; 21,2).
Concluye el relato anotando “y creció en él la fe de sus discípulos”. No estaría mal que esta fuera la conclusión de nuestro acercamiento hoy a la contemplación de este “signo” de Jesús.

REFLEXIÓN PERSONAL
- ¿Cómo participo de la Eucaristía?
- ¿Aporto mis dones a la comunidad?
- ¿Qué vino sirvo en la vida?

Domingo J. Montero Carrión, OFMCap.

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