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DOMINGO XXVII -B-

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación los creó hombre y mujer: por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

DOMINGO XXVII -B-

1ª Lectura: Génesis 2,18-24.
 
    El Señor se dijo: No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y las bestias del campo; pero no se encontraba ninguno como él, que le ayudase.
    Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! 
     Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.
 
            *** *** ***
 
    El texto forma parte del llamado relato “yahvista” de la creación, concentrado en el hombre y su destino.  Con un lenguaje poético (no es un relato historicista ni científico) el autor presenta la realidad humana como una realidad dual, llamada al encuentro y la comunión; sin discriminaciones ni supeditaciones. El hombre solo halla realización en el diálogo interpersonal. La “ayuda” de la mujer al varón no es una ayuda suplementaria sino complementaria; le ayuda a ser. Sin ella el varón no es. Desde el principio el proyecto de Dios respecto del hombre es un proyecto de intercomunión y fidelidad mutua entre varón y mujer.
 
2ª Lectura: Hebreos 2,9-11.
 
    Hermanos: 
Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con el sufrimiento al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.
 
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     La muerte de Cristo, inscrita en el misterio de los designios de Dios, ha sido una muerte salvadora. No solamente ha “realizado” a Cristo, sino que nos ha “realizado” a nosotros. En él, nuestro hermano, hemos sido integrados en la gran familia de Dios. El cristiano no ha de perder la esperanza al constatar su pequeñez y pobreza, porque el Hijo de Dios nos ha elevado a la categoría de hermanos suyos, y no se averguenza de nosotros.
 
 
Evangelio: Marcos 10,2-16.
 
    En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?
    Él les replicó: ¿Qué os ha mandado Moisés?
    Contestaron: Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.
    Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación los creó hombre y mujer: por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.
    En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.
    Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se li impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.
 
*** *** ***
 
      Dos escenas: una sobre el matrimonio/divorcio, otra sobre las actitudes ante el Evangelio. Jesús no se deja atrapar por el casuismo. En un tema fundamental y debatido  remite al proyecto original de Dios. Desde ahí ha de contemplarse el problema. El v. 12 supone el derecho romano, que reconocía a la mujer la posibilidad de repudiar al marido. El interés del evangelista no es reproducir materialmente las palabras de Jesús, sino transmitir fielmente su mensaje.
     Frente al acercamiento tentador de los fariseos, se destaca el acercamiento abierto e inocente de los niños. Los discípulos consideran impropio de un Maestro entretenerse con esas “pequeñeces”, pero Jesús se enfada, y advierte: sólo quien se abre al mensaje del Reino con la sencillez de un niño podrá recibirlo. Solo desde esa “apertura y limpieza” pueden leerse y vivirse los mandamientos de Dios. No se trata de canonizar el infantilismo sino de descalificar el fariseísmo.
 
REFLEXIÓN PASTORAL
 
    No deberíamos olvidar los creyentes nuestras responsabilidades específicas, entre las que destaca la obligación de dotar a nuestra conciencia de contenidos sólidamente asentados en la palabra de Dios. Obligación que se hace más urgente en nuestros días, caracterizados por una  preocupante fluctuación y ambigüedad de los valores, donde aumentan las hipótesis y las sospechas, y disminuyen las convicciones en los planteamientos más fundamentales de la existencia. Tampoco deberíamos olvidar el hecho de vivir en una sociedad plural; no para silenciar nuestras convicciones sino para entrar en un diálogo respetuoso y profundo con las de los demás.
    Las lecturas de este domingo inciden sobre un punto candente de nuestro presente social: la estabilidad del matrimonio. 
     La palabra crisis domina el horizonte. Pero crisis no es sinónimo de catástrofe, sino ocasión para clarificar criterios y definir posturas.
     Quisiera limitarme a una proclamación de los contenidos fundamentales del mensaje bíblico, una proclamación esperanzada, pues del matrimonio no se puede hablar -en cuanto realidad de amor- si no es desde la esperanza.
     La primera lectura nos habla del proyecto humano de Dios. Concibió y creó al hombre como un ser para la comunión -"no es bueno que el hombre esté solo"-, y ésta solo es posible en la interrelación y donación. Gráficamente se nos dice cómo el paraíso no fue tal hasta que no apareció en el él la mujer. Las “cosas” no podían colmar las más profundas dimensiones del hombre, las que no se sacian con la posesión de cosas sino solo en la intercomunión personal. 
     ¡Cómo necesitamos  recuperar hoy esa perspectiva para evitar la progresiva deshumanización introducida por un consumismo irracional y pasional que acaba por consumirnos a nosotros mismos, aumentando  el sentimiento del vacío y la soledad!
     Intercomunión que en el matrimonio cristiano alcanza cotas de significación no solo humana sino sacramental religiosa. No se unen dos personas; sino que Dios une a dos personas. ¡Y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre! 
Ante la casuística farisea, Jesús remite al proyecto original de Dios, porque "al principio no era así". Jesús devuelve las cosas a su origen. En el proyecto de Dios los hombres hemos introducido glosas que lo desfiguran-“Invalidáis el mandato de Dios en nombre de vuestras tradiciones” (Mt 15,6)-; lo hemos “acomodado” y hasta tergiversado. Jesús devuelve las cosas, y nos devuelve, al HOY original de Dios, que es él (cf. Heb 1,2) y nos invita a vivirlo hoy.
      Es verdad que este plan de Dios se asienta en la debilidad humana, que debemos comprenderla, pero no podemos teorizarla. 
       El pensamiento de Jesús aparece claro: el matrimonio es indisoluble por su propia naturaleza y por el simbolismo sacramental que expresa: el amor entre Cristo y la Iglesia. Hacer que lo sea es tarea, quehacer de los esposos, pero no solo de ellos, se requiere la fuerza que viene del Señor.  Todo el secreto reside en saber permanecer en esa plataforma difícil pero infalible que es el amor.
      Demos gracias a Dios por todos los matrimonios que viven ilusionadamente su vocación; oremos por los que sufren tensiones y dudas, como también por lo que no han podido o sabido, por las causas que sean, mantener su unión. Oremos también por los que se preparan para el matrimonio.
      Proclamar con nitidez la doctrina de Jesús no debe hacernos olvidar que Él vino a buscar, a sanar, a alentar y no a condenar ni a excluir.
       Que el Señor no enseñe a todos a vivir en comunión y a no quebrar ninguna esperanza, pero también a no esconder y silenciar la nuestra. 
 
REFLEXIÓN PERSONAL:
 .- ¿Soy persona de soledad o de comunión?
 .- ¿Sé reconocer en el otro una parte de mí mismo?
 .- En mis relaciones, ¿me doy o solo me busco?
 
 DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap. 

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