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Lámpara es TU Palabra

José María Fonseca Urrutia

En este mundo oscurecido por torpezas de injusticias, donde los caminos se nos ofrecen con la tortuosidad del desconcierto, nos resulta consolador y refrescante la invitación del salmo 118,105.

Lámpara es TU Palabra

Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero”. La Palabra de Dios nos rescata de la oscuridad y nos ofrece la oportunidad de abrirnos a la luz que ilumina nuestro caminar. De ahí que el resonar de otro salmo nos llene de la ilusión que va marcando el camino de una confianza segura: “Tú, Señor, eres mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas” (Sal 18,29). Aun sabiendo del riesgo de atravesar lugares inhóspitos, recorridos de oscuridades, espacios marcados por la sospecha de todo aquello que suene a religioso, a la presencia misteriosa de ese Dios que proclaman los cristianos, las invitaciones que nos ofrecen los salmos orantes, van más allá de un mero consuelo, pues se atreven a impulsar nuestras osadías evangelizadoras por periferias desconocidas, lugares apartados por los sinsabores aprendidos de todo aquello que suene a secular.

Quien haya experimentado el recogimiento que ofrece la escucha de la Palabra, habrá sentido el valor de una oferta cercana a la serenidad saciada de la presencia de Dios. Esto nos lleva a ese sentido clamor del salmista que recurre al depósito de sus deseos más íntimos en la espera de un encuentro que busca saciedad: “Y al despertar me saciaré de tu semblante” (Sal 17,15). La Palabra nos va llevando a ese encuentro entre sublime y lleno de la sorpresa, que se hace satisfacción en el final deseado de un Dios que espera con el apremio de su plenitud.

Palabra venerada.
Nos sentimos implicados como cristianos cuando escuchamos la veneración de los santos por la Palabra de Dios, por ese descubrimiento de una palabra resplandeciente, que hace de guía luminosa en el camino de la vida. Francisco de Asís es uno de ellos. En su sencillez y con una formación que se alejaba del espectáculo académico, nos transmitía su veneración por la palabra de Dios, como quien la descubre en su mejor versión sacramental. En los últimos días de su vida, Francisco nos dejó un valioso legado de experiencia espiritual. El documento al que nos referimos es su Testamento. En ese escrito menciona su veneración por las palabras escritas, reflejo de la presencia de esa Palabra hecha carne, y que nosotros la recibimos en el valioso alimento de la palabra de Dios. Así se explicaba Francisco, ya sabiendo que sus días llegaban a su fin: 

Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares dignos. Y dondequiera que encuentre en lugares indebidos los santísimos nombres del Señor y sus palabras escritas, quiero recogerlos, y ruego que se recojan y se coloquen en lugar decoroso. Debemos también honrar y venerar a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, como a quienes nos administran espíritu y vida” (cf. Jn 6,63) (Test 11-12).

Es cierto que nuestra sensibilidad por las palabras escritas ha disminuido considerablemente si lo comparamos con los tiempos de Francisco de Asís. En aquellos tiempos las palabras escritas eran fruto de una trabajosa tarea, realizada con dedicación y con delicadeza. Las escrituras eran costosas y los amanuenses no eran tan frecuentes. Tener un texto escrito era un tesoro importante. Francisco veía en esos escritos, trabajosamente elaborados, resonancias de las palabras de vida, transmitida en vasos delicados, en presencias venerables de una transmisión que llegaba a lo más profundo del corazón creyente.

De ahí que su preocupación por el cuidado de la palabra que producía vida, era extremadamente exquisito. Tan exquisito como la misma veneración sacramental. La palabra hecha sacramento es lo que resonaba en el corazón creyente de Francisco cada vez que la escuchaba y la recogía en su corazón. 

Francisco escribe: “Nada, en efecto, tenemos ni vemos corporalmente en este mundo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los nombres y palabras, por los que hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida”. Esta equiparación que hace Francisco entre la presencia de Dios en su palabra, a la presencia de Dios en la eucarística, resulta atrevida y novedosa. Para él la palabra de Dios es una evidencia de fe, como lo puede ser la eucaristía. “Y a nadie de nosotros quepa la menor duda de que ninguno puede ser salvado sino por las santas palabras y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos pronuncian, proclaman y administran”. Casi siempre habla de ambos misterios conjuntamente: los dos son presencia viva y salvadora de Dios.

El manejo actual tanto de la palabra escrita como de la palabra proclamada, ha cambiado, pero el descubrimiento del contenido de las palabras no puede dejarnos indiferentes: palabras que se escriben, palabras que se proclaman, vengan estas palabras marcadas por instrumentos cambiantes, hasta llegar a nuestro manejo actual de los ordenadores, o se dejen expandir por medios de comunicación que atraviesan espacios, llegando a rincones escondidos de la tierra. La palabra siempre es algo vivo, y cuando deja marca, en cualquier espacio, bien merece aprecio, tanto más si su contenido está indicando caminos de vida. Por eso, la palabra de Dios está pidiendo su espacio sagrado en nuestras veneraciones culturales y religiosas. Porque de la palabra de Dios recibimos alimento, de la palabra de Dios recibimos salvación, de la palabra de Dios recibimos vida.

Terminamos con Francisco en su deseo de atender la presencia de la palabra con la delicadeza y veneración debida: “Amonesto por eso a todos mis hermanos y les animo en Cristo a que, donde encuentren palabras divinas escritas, las veneren como puedan, y por lo que a ellos toca, si no están bien colocadas o en algún lugar están desparramadas indecorosamente por el suelo, las recojan y las pongan en su sitio, honrando al Señor en las palabras que Él pronunció” (Cat O 35-36).

José María Fonseca Urrutia

Revista Evangelio y Vida
Número 353 (Septiembre/Octubre de 2017)

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