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¿Qué dice la Biblia sobre la eutanasia?

J.F. Andrés

Encubierta con el manto de la compasión, la eutanasia se ha puesto de actualidad en los países llamados occidentales. Que, en esto como en otros temas, no tienen empacho en seguir la pauta marcada previamente por el comunismo soviético y por el nazismo.

¿Qué dice la Biblia sobre la eutanasia?

En la política de aquellos sistemas pioneros se justificaba la muerte por razones de fidelidad a un sistema o de selección de una pretendida raza superior. En los modernos estados democráticos, se trata de justificar en virtud de una pretendida piedad hacia los moribundos o enfermos en situación irreversible. 

Como ya nos dice la memoria de antes y la experiencia de ahora, tras esos intentos de justificación, se esconde con frecuencia una razón económica y un descarado desprecio a la dignidad de la vida humana.  

En la revelación que fundamenta nuestra fe cristiana encontramos un claro mensaje sobre lo divino y lo humano. Es decir, sobre la dignidad del hombre. 

A imagen y semejanza de Dios.

En primer lugar se nos dice que el hombre es “don” desde su mismo origen. Ha sido creado a imagen de Dios” (Gén 1,26). Su condición de imagen de Dios es la causa de su dignidad como persona y del respeto que se le debe. 

Si la revelación nos presenta al hombre en la perspectiva de la “iconalidad”, hemos de deducir inmediatamente que es imagen de Dios la persona que actúa, pero es igualmente imagen de Dios la persona a la que se dirige su actuación.

Las antiguas culturas mesopotámicas afirmaban que el rey era imagen de Dios. Lo novedoso de la revelación bíblica es que se atribuye esa dignidad a toda persona, con independencia de sus cualidades, de su poder y de su saber. En esa dimensión vicaria respecto a Dios radica la dignidad de todo ser humano.

Además, la Biblia nos recuerda el crimen de Caín, que decide poner fin a la vida de su hermano Abel. 
Sin embargo, indica que, aun prefiriendo la oblación de Abel, Dios no interrumpió su diálogo con Caín.
 
Según el Catecismo, como en el primer fratricidio, en cada homicidio se viola el parentesco espiritual que agrupa a los hombres en una única gran familia donde todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica dignidad personal. “Además, no pocas veces se viola también el parentesco de carne y sangre, por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen en la relación entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en un contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece o se procura la eutanasia”.

“A mí me lo  hicisteis”
Esta revelación, que el cristiano comparte con su hermano judío, se hace especialmente evidente en el Nuevo Testamento. Pilato dijo más de lo que quería al señalar a Jesús y decir: “Este es el hombre” (Jn 19,5). 

Jesús no es solamente el hombre que ha sido traído ante su tribunal. Jesús es el modelo y el paradigma del ser humano. 

Aunque Pilato no haya podido sospecharlo, el cristiano sabe y confiesa que el Verbo de Dios que se ha hecho carne, asume y lleva a plenitud la dignidad y la suerte de todo hombre. El estilo de vida de Jesús de Nazaret resulta modélico para la realización de lo humano en la persona y en la sociedad.
  
El mismo Jesús que había dedicado su atención a los pobres y humillados, habría de pronunciar la profecía del juicio sobre la historia. La evaluación de la conducta de cada uno y de los logros de toda una sociedad se realiza precisamente de acuerdo con la aceptación o rechazo de los hombres, especialmente los marginados y oprimidos. 

Con ellos ha querido identificarse el Señor, a tenor de sus propias palabras: 
En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

Para la fe cristiana, Cristo es “imagen de Dios invisible” (Col 1,15) y es también el hombre perfecto. En él la naturaleza humana ha sido elevada a una dignidad sin igual. Esa conciencia de la identidad del hombre con el Cristo impregna la reflexión de Pablo hasta poder decir: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2,20). La identificación con Cristo motiva sus exhortaciones a los hermanos para que hagan suyos los sentimientos de Jesucristo, que se hizo a sí mismo semejante a los hombres (Flp 2, 5-11).

Esta identificación con el Mesías Jesús, comporta toda una cosecha de virtudes morales que pueden ser descubiertas por la razón humana. Sin embargo, ahora se perciben como fruto del Espíritu, que motiva la exhortación de Pablo: “Si en espíritu vivimos, en espíritu también caminemos” (Gál 5,25). 
  
La doctrina de la Iglesia.
El mismo Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que Caín, siendo del maligno, mató a su hermano (1 Jn 3,11-12). Esa enseñanza resonaba en el Concilio Vaticano II, cuando apelaba a la dignidad de la persona humana para juzgar los atentados que ésta ha sufrido a lo largo de la historia y especialmente en este momento:

“Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador” (GS 27).

En su encíclica Evangelium vitae, Juan Pablo II escribía que, “como en el primer fratricidio, en cada homicidio se viola el parentesco espiritual que agrupa a los hombres en una única gran familia, donde todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica dignidad personal. Además, no pocas veces se viola también el parentesco de carne y sangre, por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen en la relación entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en un contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece o se procura la eutanasia” (EV 8).

Juan Pablo II denunciaba la actitud prometeica del hombre que se cree señor de la vida y de la muerte, como se ve “en la difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada abiertamente o incluso legalizada. Esta, más que por una presunta piedad ante el dolor del paciente, es justificada a veces por razones utilitarias, de cara a evitar gastos innecesarios demasiado costosos para la sociedad. Se propone así la eliminación de los recién nacidos malformados, de los minusválidos graves, de los impedidos, de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los enfermos terminales” (EV 15).

Según él, “reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás” (EV 20). No solo eso. Con un lenguaje semejante al de las solemnes definiciones dogmáticas, escribía: 

De acuerdo con el Magisterio de mis predecesores y en comunión con los obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio” (EV 65).

J.F. Andrés

Revista Evangelio y Vida
Número 359 (Septiembre/Octubre de 2018)

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