Sábado de la Octava

11 de abril de 2026

San Estanislao

Tiempo Pascual
Primera lectura: Hch 4,13-21.

En aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús, pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta. Les mandaron salir fuera del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos, diciendo: «¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre». Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo: «¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído». Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido.

Palabra de Dios.

Salmo: Sal 117, 1 y 14-15. 16-18. 19-21.

R/. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
Él es mi salvación. Escuchen: hay cantos
de victoria en las tiendas de los justos. R/.

La diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa.
No he de morir,
viviré para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R/.

Ábranme las puertas del triunfo
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. R/.

Evangelio: Mc 16,9-15.

Jesús, resucitado al amanecer del primer de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.

Palabra del Señor.

Reflexión:

Los evangelios subrayan la resistencia de los discípulos a creer en la resurrección de Jesús. Y es que no era fácil creer en ella; tampoco hoy. ¡Hay tantas pruebas en contra! La fe en la resurrección no fue invención de los discípulos, más bien fue esa fe la que los convirtió en verdaderos discípulos. Jesús no es “descubierto” por los discípulos, sino que se les “aparece”. Es él quien toma la iniciativa: haciéndose presente, sacándoles de dudas y confiándoles una misión. Aceptemos el testimonio del Resucitado y demos testimonio de él. La muerte de Jesús había sumido a los discípulos en el duelo y el llanto, y así no se puede vivir. El Resucitado nos levanta de esas actitudes y nos lanza a anunciar el Evangelio a toda la creación, dibujando ese Evangelio en la propia vida.