Jueves de la VII semana de Pascua

21 de mayo de 2026

San Cristóbal Magallanes, San Eugenio de Macenod

Tiempo Pascual
Primera lectura: Hch 22,30. 23,6-11.

En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué acusaban a Pablo los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno y, bajando a Pablo, lo presentó ante ellos. Pablo sabía que una parte eran fariseos y otra saduceos y gritó en el Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos». Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas). Se armó un gran griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando: «No encontramos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?». El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel. La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo: «¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma».

Palabra de Dios.

Salmo: Sal 15,1b-2a. 5. 7-11.

R/. Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con Él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu Presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Evangelio: Jn 17,20-26.

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, no solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

Palabra de Dios.

Reflexión:

El horizonte de la oración de Jesús se amplía: ora por todos los que crean en Él a través de la predicación de sus discípulos. Ora por nosotros. Y pide lo mismo: la unidad. Una unidad no uniformista, sino de encuentro y comunión enriquecedores. Estamos llamados a traducir en la vida fraterna la unidad de Dios. Jesús pide que el Padre nos asocie a su suerte -“que estén conmigo y contemplen mi suerte”-. Pero para eso tenemos que compartirla, siguiéndolo en fidelidad. Jesús no sabe y no quiere vivir sin los suyos. Y los suyos no queremos ni sabemos vivir sin Él. Quiere que el amor del Padre, el mismo que le tiene a él, esté en nosotros. ¡Qué maravilla!