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Domingo XXXIV -Tiempo Ordinario -C-

Domingo J. Montero Carrión, OFMCap

Pero el otro lo increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha faltado en nada”.

Domingo XXXIV -Tiempo Ordinario -C-

1ª Lectura: II Samuel 5,1-3
 
En aquellos días, todas la tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: “Hueso tuyo somos y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quién dirigías las entradas y salidas de Israel. Además, el Señor te ha prometido: Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”. Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

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El texto es de gran importancia histórica. Los dos grande grupos tribales -Judá (Sur) e Israel (Norte)- deciden converger en un gran pacto que coloca a David como rey, que pasa a ser considerado como el gran Ungido de Dios para guiar a su pueblo, tras el fracaso de Saúl. Con él la historia adquiere un nuevo perfil. Es la primera “profecía” del reino de Dios. En los evangelios Jesús será reconocido (Lc 18,38) y aclamado (Mt 21,9) como “Hijo de David”. En él hallará cumplimiento esa profecía.
 
2ª Lectura: Colosenses  1,12-20
 
Hermanos:
Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.
 
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El himno de la Carta a los Colosenses subraya algunas de las dimensiones del “Reino de su Hijo querido” y de Cristo Rey: un rey y un reinado de reconciliación y de paz. Un reino que hunde sus raíces en el designio salvador de Dios, abierto a toda la creación y del que nada ni nadie queda excluido. Un reino que se instaura y consolida no con el poder sino con la entrega de Cristo en la cruz.
 
Evangelio: Lucas 23, 35-43
 
En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: “A otros se ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Éste es el rey de los judíos”.
 
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.
Pero el otro lo increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha faltado en nada”.
Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.
Jesús le respondió: “Te lo aseguró: hoy estarás conmigo en el paraíso”.
 
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Los líderes religiosos no reconocieron en Jesús al “Ungido”. El Reino que Jesús anunciaba y encarnaba les resultaba increíble e imposible. Y lo condenaron a muerte de cruz, burlándose de su pretensión. Y, precisamente, en ese trono paradójico es reconocido como “Mesías” por un malhechor. Esa profesión de fe debe servir de criterio para la nuestra. Jesús no se salva de la cruz; nos salva con su cruz, que es “lugar” desde donde ejerce su reinado.
 
Reflexión Pastoral
 
Dando culmen al año litúrgico, la Iglesia celebra la fiesta de Cristo rey. Es verdad que a algunos esto puede sonarles a imperialismo triunfalista o a temporalismo trasnochado. Es el riesgo del lenguaje, por eso hay que ir más allá, superando las resonancias espontáneas e inmediatas de ciertas expresiones para captar la originalidad de cada caso; de esta fiesta y de este título en concreto.

La afirmación del señorío de Cristo se encuentra abundantemente testimoniada en el NT.: Él es Rey (Jn 18,37); es el primogénito de la creación y todo fue creado por él y para él (Col 1,15-16); es digno de recibir el honor, el poder y la gloria (Ap 5,12)... La segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, que acabamos de proclamar es un exponente cualificado de esta realeza de Cristo.

Pero no es éste el único tipo de afirmaciones; existen otras, también de Cristo Rey: “Vosotros me llamáis el Señor, y tenéis razón, porque lo soy; pues yo os he lavado los pies” (Jn 13,13-14), porque “no ha venido a ser servido sino a servir” (Mc 10,45),  y su servicio más cualificado fue dar la vida en rescate por muchos, reconciliando consigo todos los seres, haciendo la paz por la sangre de su cruz (Col 1,20).

Hablar de Cristo Rey exige ahondar en el designio salvador de Dios, abandonando esquemas que no sirven. El que nace en un pesebre, al margen de la oficialidad política, social y religiosa, el que trabaja con sus manos, el que recorre a pie los caminos infectados por la miseria y el dolor, el que no tiene dónde reclinar la cabeza, el que no sabe si va a comer mañana, el que acaba proscrito en una cruz…, ése tiene poco que ver con los reyes al uso, los de ayer y los de hoy.

Precisamente, el evangelio de este domingo nos le presenta reinando desde un trono escandaloso, la cruz, en una postura incómoda, y ejerciendo hasta el final lo que fue su forma peculiar de gobierno, el perdón y la misericordia.

Sí, Cristo es rey. Él habló ciertamente de un reino; más aún éste fue el tema central de su vida, y vivió consagrado a la instauración de ese reino; pero nunca aceptó que le nombraran rey. En una ocasión la gente lo intentó, y él, nos dice el evangelista S. Juan: “Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarlo por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte solo” (6,15). “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36), dijo Jesús ante Pilato. 
 
E inmediatamente se puede caer en la equivocación de pensar que no es para este mundo. El reino de Cristo, y Cristo rey, no se identifica con los esquemas de los reinos o poderes de este mundo, pero sí que reivindica su protagonismo como fuerza transformadora de este mundo.

Como se  dice en el prefacio de la misa, el reino de Cristo es el reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, del amor y la paz. O sea, la lucha contra todo tipo de mentira (personal o institucional), contra todo atentado a la vida (antes y después del nacimiento), contra todo tipo de pecado (individual o estructural), contra cualquier injusticia, contra la manipulación de la paz y contra la locura suicida y fratricida del odio. ¡No es de este mundo…, pero es para este mundo!

Celebrar la fiesta de Cristo Rey supone para nosotros una llamada a enrolarnos como militantes de su “reinado”; a situar a Cristo en el vértice y en la base de nuestra existencia; a abrirle de par en par las puertas de nuestra vida, porque él no viene a hipotecar sino a posibilitar la vida. “Abrid las puertas a Cristo. Abridle todos los espacios de la vida. No tengáis miedo. Él no viene a incautarse de nada, sino a dar posibilidades a la existencia. A llenar del sentido de Dios, de la esperanza que no defrauda, del amor que vivifica” (Juan Pablo II).

La fiesta de Cristo rey nos invita, también a elevar a él los ojos y el corazón, para pedirle con humildad y esperanza: “Señor acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (Lc 23,43). ¡Hermosa confesión general!

Quizá añoramos o evocamos tiempos de consagraciones multitudinarias a Cristo rey, a las que asistíamos o de las que regresábamos convencidos y contentos de su éxito. No importaba que después de tal consagración todo funcionara como antes o peor. No importaba que los negocios fueran sucios, que las autoridades abusasen del poder, que los poderosos ignorasen a los pobres y éstos odiasen  a los poderosos, que se funcionara en muchos aspectos no sólo al margen sino en contra de Cristo, que en muchas casa no entrase Cristo aunque sí estuviese a la puerta… No importaba todo eso, porque en algún lugar, con gran solemnidad, unos cuantos, o muchos, habían decido ponerlo todo oficialmente a los pies de Cristo rey.  

No podemos ser injustos ni ironizar sobre el pasado. Sin duda que aquello era un gesto bien intencionado y noble…, pero insuficiente. 

¡A Cristo no hay ponerle muy alto sino muy dentro! El reino de Dios empieza en la intimidad del hombre, donde brotan los deseos, las inquietudes y los proyectos; donde se alimentan los afectos y los odios, la generosidad y la cobardía…

A Cristo rey, en definitiva, se le conoce, como nos recuerda el evangelio, profundizando en el misterio de la cruz. Acampemos cerca de él, para escuchar como el buen ladrón la palabra salvadora: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
 
Reflexión Personal

- ¿Siento pasión por el reino de Dios?
- ¿Con qué actos y actitudes colaboro a que venga a nosotros su Reino?
- ¿Adopto la actitud “regia” de Jesús?
 
Domingo J. Montero Carrión, OFMCap

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