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Domingo V de Pascua -C-

Domingo J. Montero Carrión, OFMCap

Hijos míos, me queda poco tiempo de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.

Domingo V de Pascua -C-

1ª Lectura: Hechos de los Apóstoles 14,20b-26
 
“En aquellos días volvieron Pablo y Bernabé a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.
En cada iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor  en quien habían creído. Atravesaron  Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge y bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. Al llegar reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe”.
 
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Tras la lapidación en Iconio (Hch 14, 19), que casi acaba con su vida, Pablo se recupera y, junto con Bernabé, se dirige a Derbe. Tras un tiempo evangelizando con éxito en esa ciudad, ambos dan por concluida la primera etapa misionera y deciden regresar a Antioquía de Siria. En el viaje de regreso visitan las comunidades fundadas, confirmando la fe de los cristianos, a la vez que las  proveen de las estructuras pastorales necesarias para su funcionamiento autónomo. Llegados a la iglesia madre de Antioquía, informan del resultado de la misión que se les confió: “Dios ha abierto a los gentiles la puerta de la fe”. Un relato en el que se percibe la sensibilidad y responsabilidad misionera desde la comunión eclesial, así como su dinámica interna. Y nos dice que evangelizar no es oficio de francotiradores, sino de comunidades responsabilizadas  con el Evangelio.
 
2ª Lectura: Apocalipsis 21,1-5a
 
“Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos.  Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: “Ahora hago el universo nuevo”.
 
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En esta séptima visión, Juan contempla la nueva y definitiva realidad pensada y realizada por Dios. El cielo nuevo y la tierra nueva, alude a la nueva creación, ya de alguna manera apuntada por Is 65,17 y 66,22. La ausencia del mar  -realidad oscura y espacio de la bestia (Ap 13,1)- destaca la idea de una realidad ausente de toda sombra de mal. La Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, es una realidad alternativa a todo proyecto intrahistórico. No se identifica sin más con la Iglesia, aunque la Iglesia, por su renovación y santidad, está llamada a entrar en ella. Esta imagen no supone, por tanto, la canonización de ningún proyecto intrahistórico, civil o eclesiástico, es solo obra de Dios y marca el ápice de su proyecto creador. Y no se trata tanto de una realidad cosmológica sino teológica. San Pablo formula esta realidad con otro lenguaje más directo y menos simbólico (Rom 8,19-23; II Co 5,17). La imagen del matrimonio de Dios con su pueblo aludida en el texto también hunde sus raíces literarias en el AT: Is 65,18; 61,10; 62,4-6; Os 2,16…  Esa Ciudad será la sede permanente de Dios, a la que todos estamos llamados como miembros de su pueblo por la obra salvadora de Jesucristo, muerto y resucitado.
 
Evangelio: Juan 13,31-33a. 34-35  
    
“Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús. Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. (Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará). Hijos míos, me queda poco tiempo de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.
 
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La salida de Judas del cenáculo supone un paso adelante en el desarrollo de los acontecimientos. Jesús ya ve próxima su “glorificación” por el Padre y su “glorificación” al Padre. Su muerte es la “hora” del tránsito de este mundo al Padre y el punto de “atracción” de los hombres hacia él (Jn 13,22). A Jesús le queda poco tiempo, y lo aprovecha. A sus discípulos les ofrece, en apretada síntesis, los núcleos de su vida y de su mensaje. El mandamiento nuevo forma parte de uno de esos núcleos. La identidad cristiana no reside en la ideología sino en la praxis. Y la mejor praxis es el amor “como yo os he amado”.  La Iª Carta de san Juan profundizará en las urgencias de ese amor. Será el criterio para saber si estamos vivos o muertos cristianamente (I Jn 3,14). 
 
REFLEXIÓN PASTORAL
 
Todos gustamos de identificarnos, y hoy abundan los signos y emblemas identificativos. Como cristianos no deberíamos renunciar a esta voluntad de identificarnos; el problema está en los signos y manifestaciones en que hacemos recaer esa identidad. Algunos son, es cierto, demasiado ambiguos y superficiales. Jesús, sin embargo, nos lo ha dicho claramente: la señal es el amor. 
 
Ese es el mandamiento nuevo. Pero, ¿no se prescribía ya en el AT el mandamiento del amor al prójimo? ¿Por qué entonces se le llama nuevo? ¿En qué consiste esa novedad?   “Amarás al prójimo como a ti mismo” decía el AT; Jesús introduce un cambio: “como yo os he amado” (Jn 13,34), y ahí está la novedad. 
¿Y cómo nos ha amado Jesús?   Hasta el fin; no se reservó nada: “se vació” (Flp 2,7). Con un amor radical, porque  “nadie ama más que el que da la vida” (Jn 15,13). Con un amor sin prefijos ni presupuestos: no espera a que seamos buenos para amarnos, nos hará buenos su amor. Con un amor preferencial por lo perdido... Así nos ama Cristo. 
 
Pero este amor gratuito y radical nos urge (2 Cor 5,14) a permanecer en él (Jn 15,9). Permanencia que tiene olor, calor y color humanos, de hombres y mujeres con los que tenemos que convivir según el nuevo esquema de Jesús: amándoles y sirviéndoles allí donde están y así como son. 
 
Nuestra inmadurez afectiva nos lleva a ser sectarios frente a los que no son como nosotros; a despreciar a los que tienen puntos de vista distintos a los nuestros; a separar definitivamente o a no querer recibir a alguien por el hecho de tener un planteamiento o un enfoque  social, política o religioso que no compartimos. Actuando así quizá no caemos en la cuenta de que nos estamos oponiendo al designio de Dios respecto de cada hombre, que fue crearlo a su imagen y semejanza - la de Dios -. Nosotros, en cambio, pretenderíamos conformar a todos a nuestra imagen y semejanza, amando en los otros sólo lo que amamos de nosotros en ellos, lo que nos satisface y coincide con nosotros. Pero eso no es amor al prójimo sino “amor propio”, eso no es amor sino egoísmo.
“Permaneced en mi amor” (Jn 15,9), “amad como yo os he amado”; ésta es la novedad. Entendiendo bien que eso no es una invitación sentimental ni al sentimentalismo, sino a recrear los sentimientos de Cristo Jesús. Ni es, tampoco, una propuesta indiscriminada a permanecer en cualquier amor, sino en el que hemos sido amados por Cristo.

Esta es la señal (cf. Jn 13,35). “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (I Jn 4,16). Y  desde entonces creer no es pensar, sino amar como Cristo nos ama. Y este amor será el principio de esa renovación de que nos habla la segunda lectura. Los cielos nuevos y la tierra nueva comienzan en un corazón nuevo, renovado por el amor.
 
REFLEXION PERSONAL
- ¿Soy conciente de que “hay que pasar mucho para entrar en el Reino”?
- ¿Con qué energía e ilusión colaboro a ese proyecto de cielo nuevo y tierra nueva?
- ¿Es el amor de Cristo mi plataforma vital? ¿Siento su urgencia?
 
Domingo Montero, OFM Cap.

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